Capitulo 3 - La era de la supervivencia

Capítulo 3, La era de la supervivencia

“El virus Nueva York hizo su presentación al público en el norte de Rusia, en Múrmansk, y según me contaron mis padres, le pusieron el nombre de la ciudad en “honor” al barco que lo trajo. Comenzó a extenderse hacia todas direcciones, aunque con más fuerza en el suroeste de Rusia, la zona más poblada, como cuando el agua se extiende por el suelo cuando se tumba un cubo. Moscú cayó en un mes. Las medidas de contención fueron fallando, a medida que el virus aparecía en las ciudades europeas y asiáticas; los aviones que huían, hicieron el resto. Pero los científicos consiguieron una vacuna in extremis para detener la primera cepa. El virus “Nueva York” que se transmitía por el aire, comenzó a remitir y la humanidad respiró aliviada, hasta que mutó. El contagio fue mucho más rápido. No dio tiempo a crear otra nueva vacuna. El mundo estaba a punto de desaparecer tal y como lo conocían mis padres. Los operarios dejaron de ir a sus trabajos, enfermos o por miedo a salir de casa. Las administraciones de las ciudades cerraron. Los hospitales sucumbieron a los contagiados. Las centrales eléctricas, las centrales nucleares, térmicas o el suministro de petróleo comenzaron a fallar hasta que dejaron de funcionar. El caos se adueñó de las ciudades.  Los gobiernos desaparecieron junto con sus ejércitos. Ya no había pobres y ricos, jefes y obreros, reyes y vasallos…sólo supervivientes e infectados. Las municiones de las armas de fuego se agotaron rápidamente, intentando acabar con los contagiados y con los que no. No había suficientes balas para todos los que quedaban. Así que comenzó una nueva edad de piedra para el hombre, un nuevo tiempo  que mis padres llamaron “La Era de La Supervivencia”.

El virus creó tres nuevas razas de seres. Unos eran los llamados “Ne umer” (No muerto). Así comenzaron a llamarlos en Rusia, y así se les nombra desde entonces. Comen todo lo que esté vivo, da igual lo que se les cruce. Cuando llevan tiempo sin alimentarse, comienzan a volverse torpes y lentos, hasta que, si no consiguen comida, se debilitan del todo y se quedan inmóviles hasta que el hambre acaba con ellos…o se les cruza algún confiado. Si consiguen algo que llevarse a la boca, se vuelven unos bichos rápidos y mortales y más aún: No sabemos cómo, forman manadas como si de lobos se trataran, con un alfa que los dirige. Una de ellas acabó con mi familia. Entramos en un hospital abandonado a las afueras de Madrid, buscando medicinas para mi hermano pequeño. Tras de ambular por los largos pasillos con algunos esqueletos adornado las cochambrosas habitaciones, llegamos a la sala de la UCI  y, milagrosamente, había un armarito de cristal intacto, lleno de medicinas de todo tipo. Llené mi mochila mientras mi padre vigilaba la puerta. Mi madre le dio un antibiótico a mi hermano, pues un simple resfriado que tenía se había complicado, y no paraba de llorar por el dolor de garganta que tenía. Eso fue lo que los atrajo. Mi padre se giró rápidamente y nos hizo la señal de silencio con el dedo, pero mi hermanito eso no lo entendía y siguió llorando. Mi madre le tuvo que tapar la boca. Mi padre nos dijo en voz baja que nos escondiéramos. Mi madre, mi hermano y mi padre se escondieron detrás de una cama que estaba tumbada de lado. Yo, me oculté dentro de un pequeño armario que estaba debajo de un fregadero quirúrgico. Justo cuando iba a cerrar la puerta, vi como un neumer entraba por la puerta. Dejé la pequeña puerta entre abierta. No quería hacer ningún ruido. Detrás de él, entraron otros tres. El olor fétido invadía la sala. Quise vomitar, pero tuve que tragarme de nuevo lo poco que comí antes. Estaba constantemente mirando a la cama y mirando a los infectados. Debían de llevar tiempo sin comer, porque se movían cerrilmente. Uno  de ellos no paraba de tropezarse, cada vez que se pisaba uno de los intestinos secos que le colgaban del vientre. A otro le faltaba media cara y el brazo izquierdo. El más bajito tenía una barra de hierro atravesado de lado a lado a la altura del estómago, seguramente de algún encuentro con un malogrado superviviente. El más alto, tenía la piel completamente seca, sin labios, y parecía que era el que mandaba sobre los otros tres, porque al marcharse hizo una especie de gruñidos y los otros tres le siguieron. Ese momento, mi hermano tosió. Los neumers comenzaron a emitir unos gritos aterradores y se lanzaron hacia la cama. Mi padre se levantó  y situó detrás de él a mi madre y a mi hermano pequeño. Sacó un machete y se puso a defender lo que más quería con su vida. Los monstruos comenzaron a acercase amenazadoramente a mi familia. Salí del armario.  Mi padre me miró brevemente y comenzó a mover  la cabeza negativamente, mientras mantenía el brazo derecho estirado con el machete, para usarlo contra el que se suponía era el líder de la manada de neumer. Me puse de pie para que me vieran y así me siguieran fuera de la sala:

— ¡Corre Jesús! ¡Sal de aquí!— Me gritó mi madre. Mi hermano lloraba con fuerza. El llanto se repetía por los pasillos vacíos.

— ¡Cuando me sigan!— Con una bandeja de metal, comencé a hacer un tremendo estruendo. Dos de ellos se giraron y fueron a por mí. Yo tenía la esperanza de que me siguieran y se olvidaran de mi familia, y con mi velocidad, terminaría despistándolos y así poder volver con mis padres. Cuando salí por la puerta, un numeroso grupo de ellos, venía por dos de los tres pasillos que desembocaban en la UCI. Me entraron unas ganas terribles de parar y esperar la muerte, pero la voz de mi madre gritando que corriera, me empujó hacia el pasillo libre:

— ¡Vive, Jesús, vive por nosotros!— Eso fue lo último que escuché de mi madre, antes de perderme entre los escombros del hospital. Fue la última vez que vi a mi familia. Al cabo de un tiempo que no recuerdo, volví a donde les dejé, pero sólo había sangre. Pase varios días sobreviviendo como podía, con los trucos de supervivencia que mi padre me enseñó.  Después encontré el grupo con el que estoy ahora, pero esa ya es otra historia.

La otra raza fue la de los inmunes, personas que el virus no les afectaba. Su sistema inmunológico impedía que el virus les enfermara. Los mordiscos y arañazos de los neumers no les contagiaban el virus, así que los grupos de supervivientes los escogían para que fueran los que los defendieran, cuando salían a buscar recursos y comida. Para enfrentarse a los muertos hay que tener un par de huevos u ovarios, así que, no todos valen para ser “guerreros” como los llamamos. Para admitirlos, tienen que salir de caza y traernos unas cuantas cabezas de neumers. Muy pocos vuelven y menos aún son los que cumplen la misión. Así que los guerreros son escasos. Después se les somete a un duro entrenamiento con armas blancas, para después protegernos, porque además de enfrentarnos a los neumers, también luchamos contra otros grupos que quieren quitarnos la poca comida que conseguimos. Pero a pesar de ser grandes y duros luchadores, cada vez que salen con un grupo de supervivientes, casi siempre caen algunos. He visto a más de un aguerrido guerrero llorar por no haber podido defender a su grupo, y tener que haber dejado a su suerte a algunos para salvar el resto de la fracción.

Y por último están los “vivaciores”. Supervivientes que todavía no se han rendido, y que buscan algún lugar donde quedarse y vivir tranquilamente. Los guerreros los protegen mientras hacen las batidas en busca de comida. Algún listillo gracioso llamaba a los supervivientes “vivacior” (longevo en latín), porque el que conseguía vivir a varias salidas en este mundo tan hostil, estaba teniendo una vida larga. No sé cuando empezaron a llamarlos así y tampoco ahora importa, pero suena mejor que supervivientes. Aunque ahora estemos a la cola de la cadena alimenticia.

Los que permanecemos vivos nos dedicamos a deambular por toda la yerma y adversa tierra, explorando para encontrar algún sitio fácilmente defendible o algo que llevarse a la boca, mientras luchamos con las hordas de infectados u otros clanes que intentan lo mismo que nosotros. Después de varias generaciones, he visto cómo el hombre ha evolucionado a su estado primitivo. Hemos pasado por ciudades completamente vacías, otras las tuvimos que atravesar luchando contra los neumers y bandas de vivaciores que han perdido su humanidad. Nuestro clan ha ido disminuyendo poco a poco.  Creía que de seguir así íbamos de dispersarnos, a desaparecer. Pero hemos tenido la fortuna de salvar a un nutrido grupo de vivaciores, a punto de ser devorados por una manada de neumers. Sus guerreros habían sido eliminados y estaban completamente indefensos. Perdimos a algunos, pero mereció la pena.

Ahora,tengo que conseguir más guerreros así que, tendré que hacer una selección entre los nuevos vivaciores que se han presentado voluntarios. Lo que peor llevo es hacerles heridas con las garras que arranqué a un neumer. Unos pasan gracias a su inmunidad y continúan con su entrenamiento, otros los tengo que matar…”

Una guerrera entró precipitadamente en la vieja tienda de campaña:

— ¡Alfa! ¡Han llegado!

— Bien. Que esperen un poco mientras termino de escribir. Me queda muy poco, y para escuchar lo de “muchos neumers y nada de comida”…—

— ¡Tienes que venir! ¡Han encontrado algo muy importante!

— Vaaaaale, voy. — Alfa dejó con desgana la escritura y guardó con mucho mimo en un bolsillo de su guerrera, el bolígrafo que encontró en el último pueblo que cruzaron. Era todo un tesoro para él. Se levantó y, mientras la guerrera sostenía la cortina que hacía de puerta, Alfa salió al encuentro de los exploradores. Uno de ellos, el más fuerte se acercó hasta él:

— Alfa, hemos encontrado un río y un pueblo a pocos kilómetros de aquí.— A Alfa se le abrieron sus cuarentones ojos como platos junto con su mejor sonrisa.— y tiene agua. —“Por fin una buena noticia” pensó el viejo Alfa.— Pero hay neumers y no sabemos cuántos. No he querido arriesgarme a una emboscada. También hemos visto especies de cajas diseminadas por el pueblo, pero no nos hemos atrevido a acercarnos, hasta asegurarnos del peligro que hay en el pueblo. ¡Ah! Y hay restos de un avión que debió estrellarse en el río.

— Como otros tantos que hemos visto Aarón.—Contestó Alfa condescendiente.

—Pero éste es diferente. Hace tiempo, nos hablaste de unos aviones blancos que tiraban comida desde el cielo, hasta que desaparecieron. Pues, los restos del avión que hemos visto en el río son del mismo color. En uno de ellos, junto a la orilla, lleva dibujado algo así. También está dibujado  en las cajas que hemos visto en el pueblo.— Aarón sacó su cuchillo de la funda de la cintura e hizo dos dibujos en la arena. Alfa se quedó pensativo, contemplando esos dos dibujos hechos en la tierra. Todos le observaban expectantes. Después levantó la vista y empezó a mirar a todos los presentes, mientras pronunciaba dos letras, al principio con voz baja, y después comenzó a subir el volumen como si de una radio se tratara:

—UN…UN, ¡UN! ¡UN!— Los demás le miraban curiosos.— Con sus manos cogió a Aarón de los brazos.— ¡Es uno de esos aviones! ¡De los que lanzaban paquetes de comida!— Le dijo, mientras las lágrimas comenzaron a correrle por las mejillas. — ¡Habéis encontrado agua y comida!— Los vivaciores y guerreros que se habían congregado alrededor de los exploradores y el líder del clan, comenzaron a dar vítores y a abrazarse entre ellos. Alfa comenzó a hacer el ademán de calmarse. Todos guardaron silencio. Más tranquilo, Alfa empezó a dar órdenes:

—Aarón, tráeme los prismáticos que tengo colgados junto a mi saco de dormir y llévame hasta allí. Que vengan tres guerreros con nosotros. El resto, preparaos para comenzar la marcha en cuanto volvamos.— Tras tres tranquilos kilómetros, Alfa, a la cabeza del pequeño grupo de guerreros, llegó hasta la entrada de un puente todavía intacto, sobre el sorprendentemente caudaloso río. No daba crédito a lo que estaba viendo. Un lugar donde poder asentarse, por lo menos por un tiempo, hasta ver si el lugar era apto para quedarse indefinidamente. Una brisa que venía del otro lado tocó su rostro, acompañada de un hedor fétido, que le advertía de que no lo iba a tener nada fácil, el poder quedarse con el pueblo que estaba al otro lado del río. “Neumers”  pensó en alto. Los guerreros ni se inmutaron, pues ya estaban en guardia, pendientes de cualquier movimiento o ruido extraño. Los viejos y expertos ojos del viejo líder observaban el otro extremo del puente y sus alrededores con los prismáticos. Vio algunas cajas con sus paracaídas esparcidas por  las calles. “Probablemente habrá más en el interior del pueblo”, volvió a decirse. Luego miró al otro lado del puente. Observó un par de cajas negras con las letras “UN”. Estaban a dos metros escasos de la salida de la gran pasarela de metal. Había que intentarlo. Aarón se adelantó a los pensamientos de Alfa:

— Yo iré. Soy el más rápido.

— Y el más valioso Aarón, no puedo permitirme perderte.— Dijo Alfa con cariño. Lo encontró con diez años, con la cabeza de un neumer en una mano y un cuchillo en el otro. Ya era un guerrero cuando lo encontró, y lo crio como si fuera su hijo.

— Iremos nosotros dos— Se adelantaron dos guerreros: Isaac y Neo. Alfa estaba muy orgulloso de su grupo de “soldados”. Aarón los entrenaba muy bien.

— Está bien. Cruzad el puente con sumo cuidado. No quiero que caigáis en alguna vieja trampa que esté oculta. Cuando lleguéis al otro extremo, cogéis una de esas cajas y la traéis. Si aparecen neumers, salid echando leches hacia aquí. Ya sabéis que, aunque los veáis lentos, no os podéis fiar. Podría ser una emboscada.— Los dos guerreros se abrazaron con el resto, a modo de despedida, por si no volvían y comenzaron, cautelosos, a cruzar el puente. Cuando llegaron al otro extremo, Neo hizo una señal con la mano de que no había novedad. Alfa escrutaba la orilla y los alrededores cercanos a sus dos guerreros con los prismáticos. Sin numers a la vista. “Vamos chicos, coged la caja y venid para acá ya”. Decía entre dientes Alfa. Cuando Neo cogió la caja, miró hacia el pueblo. Se quedó paralizado. Un vivacior les observaba desde una ventana de una casa que tenía enfrente:

— ¡Vamos, Neo!— Le apremiaba su amigo Isaac.

— ¡Venga vamos!— Respondió Neo. Cogió la caja y volvió a mirar, pero el vivacior ya no estaba. Los dos cruzaron como leopardos el puente a pesar de que la caja pesaba. Cuando cruzaron, dejaron el pequeño tesoro a los pies de Alfa. Éste sacó su cuchillo y rajó el precinto con sumo cuidado. Dentro había latas de comida y fruta deshidratada. Los guerreros comenzaron a gritar y a saltar de alegría. Cogieron la comida y se dieron un festín como hacía años no tenían. Mientras los guerreros daban cuenta de los restos, Alfa apartó a Neo del grupo:

— Neo, he visto que te quedabas mirando a un sitio. ¿Has visto a algún neumer?

— No. Un vivacior me estaba mirando desde una ventana. O eso creía.

— ¿Estás seguro?

— Creo que sí Alfa, pero con las prisas y el miedo no estoy seguro.

— No pasa nada. Si hay supervivientes en el pueblo, les invitaremos a que se unan a nosotros, o tendremos que luchar. Sé que hay neumers…

— El olor los delata.— Afirma Neo.

—Bien. Vayamos con los demás. Tenemos que ir a por el resto del clan. Creo que ya sé lo que vamos a hacer. ¡Venid aquí!— Llamó al pequeño grupo de guerreros. Cuando estaban todos junto a Alfa, no sin bajar en todo momento la guardia, el jefe del clan habló a Aarón:

— Primero vamos a hundir en el río, los restos del avión que estén a la vista. No quiero que otro clan vea el avión, y se quede aquí. Tendríamos que luchar y no quiero perder más gente. Después vamos a volver, desmantelaremos el campamento y vendremos todos a este lugar.  Una vez estemos todos aquí, nos dividiremos en dos grupos…

— Pero eso nos debilitaría Alfa.— Se quejó Aarón.

—Sí, pero registraremos antes el pueblo. Montarás un campamento al norte, mientras yo monto el otro al sur, justo ahí enfrente.— Señaló una planicie al otro lado del río, fácilmente defendible y desde donde se podría ver cualquier cosa que se acercara al campamento a distancia.— Además, si los vivaciores que haya en el pueblo, nos atacan, apareceréis por la retaguardia. No lo esperarán. Ahora, en marcha.— El grupo se puso de nuevo a andar, guardando lo que sobró del festín en la caja de alimentos de la UN en sus raídas mochilas. Mientras los guerreros desaparecían entre los árboles, desde un mirador situado en lo más alto del pueblo, unos ojos depredadores observaban su próxima comida. Un enorme y pestilente neumer miraba con atención a Alfa y a los suyos. Cuando la pequeña expedición desapareció, se dio la vuelta  y con un su rostro desfigurado y podrido pronunció algo parecido a un gruñido. Un nutrido grupo de infectados comenzó a moverse lentamente y a dividirse entre las calles del pueblo.

 

 

Escrito por F.B.V.

Capitulo 2 - Arrepentimiento

Capítulo 2, Arrepentimiento

El barco estaba a la deriva. Parecía un barco fantasma. Su color naranja destacaba en el azul oscuro del mar. Por más que la corveta rusa llamaba por radio al barco, nadie contestaba. Decidieron abordarlo. Una lancha con una patrulla de marineros armados, se acercó. El capitán comunicó a Múrmansk el hallazgo del barco. Llevaban días sin saber nada, ni de ellos y ni del campamento base. Un grupo de rescate fue enviado a la base, y lo único que encontraron fueron ruinas y cenizas. Ningún superviviente. Las patrullas navales de Suecia y Rusia, captaron una llamada de socorro del barco expedicionario “New York”, pero a los pocos minutos, se perdió toda comunicación. La baliza de localización no funcionaba, por lo que fue imposible localizar el barco…hasta ahora:

—Capitán, aquí el teniente Sorokina. Procedemos a abordar el barco por popa.— Comunicó el jefe de la patrulla, mientras la lancha se dirigía a la parte trasera del barco, pues era la parte más fácil para acceder a él.

— Muy bien teniente. Manténgame informado de todo lo vea. Y tengan cuidado. En el campamento científico no encontraron supervivientes. — Contestó el capitán desde el puente de mando, mientras observaba con sus prismáticos el barco fantasma. Pero se encontraron con una dificultad que no esperaban. Los restos de un helicóptero dificultaban mucho subir por la escalerilla metálica que daba acceso a la cubierta:

— ¿Está viendo esto capitán? — Preguntó el teniente, mientras el comandante del barco observaba ya en la sala de operaciones, las pantallas que mostraban las imágenes de las pequeñas cámaras que llevaban los cascos de combate que llevaban los marineros.

— Válgame Dios. ¿Qué coño ha ocurrido ahí? Extreme las precauciones Oleg.— Le advierte el capitán con cara de preocupación. Los marineros, una vez en la zona de aterrizaje del barco, se desplegaron por toda la cubierta, cubriendo con sus armas cada rincón y puerta de la popa del barco. Ninguna señal de vida. Con señales manuales, el teniente indicó a uno de los marineros que abriera la puerta que accedía al interior del barco. La puerta no se abría. El marinero indicó que la puerta no se abría. El teniente indicó a otro marinero que fuera a ayudar a su compañero. Nada. No había manera de abrirla:

— ¡Teniente. La puerta está cerrada desde dentro!— El joven teniente, tras comprobar que no había peligro alguno que pudiera acechar a la patrulla, se acercó hasta la puerta. Intentó abrir la puerta con ayuda de sus hombres, pero no había manera.

— Use una carga teniente— Le ordenó el capitán que observaba la escena en las pantallas. El teniente señaló a uno de los marineros, y éste, rápidamente se acercó a la puerta, colocó un pequeño explosivo plástico en la rueda giratoria de apertura de la puerta. Todos se alejaron. A una señal del teniente, el soldado apretó un botón, y la puerta cedió a la explosión. Velozmente los marineros entraron seguidos del teniente. Todo estaba oscuro. Las linternas de los cascos iluminaban los estrechos pasillos del barco. Primero llegaron a la enfermería. Estaba desordenada, y la camilla estaba llena de sangre seca.

— Probablemente sea del piloto del helicóptero— Dijo el teniente a sus hombres. Siguieron la búsqueda de señales de vida. Encontraron los camarotes. Entraron uno a uno. Nada. Algunas camas revueltas, cosas personales tiradas por el suelo… como si hubieran tenido que marcharse a toda prisa. Un camarote llamó especialmente la atención. Era el camarote del capitán, el más próximo al puente. Había señales de lucha. Como si hubiera habido una pelea. Un hacha con restos de sangre estaba clavada en la pared del capitán. El teniente tocó la sangre. Estaba seca. “Esto pasó hace unos días” pensó, e indicó a sus hombres que continuaran hacia la proa del barco. Dejarían la sala de máquinas para el final. A medida que se acercaban al puente de mando, las señales de lucha eran cada vez más visibles. Había rastros de sangre por todos lados…pero ni un cadáver. La puerta que daba al puente estaba cerrada por dentro, igual que por la que entraron. Repitieron la operación. Pequeña carga explosiva, detonación y entrada perfecta de los marineros, cubriendo hasta el último rincón. Nada. No había nadie.

— Teniente ¿Cómo es posible que estuviera cerrada por dentro, y no haya nadie?— Preguntó un poco asustado el marinero Dmitriy. Era el más joven de todos. Le llamaban “Dima” cariñosamente. Pero era un experto con el cuchillo, a pesar de su juventud. Nunca le preguntaron dónde aprendió tal habilidad.

— Aquí está la respuesta, teniente— Señaló el sargento Viktor a una ventana rota con un rastro de sangre que se perdía en el exterior. — Alguien entró por la ventana y se llevó a quien estuviera aquí.

— Bien. Quiero que estéis muy atentos a cualquier indicio de movimiento. No creo que haya supervivientes y si los hay, estarán escondidos.  En algún lado deben de estar. Así que continuaremos la búsqueda, hasta que hayamos registrado el último rincón de este puto barco. Estad atentos. Nos dividiremos en dos escuadras. Una vendrá conmigo e iremos por la zona de estribor, registrando una por una, las cubiertas del barco. La otra irá con el sargento Viktor por babor haciendo lo mismo. Nos encontraremos en la sala de máquinas.  Capitán aquí el teniente Sorokina…

—Le escucho teniente. Me parece bien el plan. Pero no hay tiempo. El puesto de mando de la base me ha dicho que remolquemos el barco hasta Múrmansk. Ya han comunicado a la ONU el hallazgo del barco, y quieren apuntarse el tanto. Así que arranque el barco y síganos.

— Pero capitán, no sabemos lo que hay aquí. Es muy peligro acercar el barco a la costa. Está claro que lo sucedido en el barco es algo terrible, y tenemos que averiguar qué ha sucedido antes de remolcarlo….

— ¡Son órdenes de Moscú Sorokina! ¡Haga lo que le digo, o habrá consecuencias!— El teniente estuvo a punto de desobedecer la orden de su capitán. Pero las represalias también recaerían sobre sus hombres. El teniente se acercó a los mandos del barco. Apretó el interruptor de encendido, pero el barco no despertaba. Lo intentó varias veces, pero con el mismo resultado. Se agachó y abrió el panel que daba acceso al cableado de los mandos del barco. La sorpresa del teniente fue mayúscula. Todos los cables estaban arrancados o cortados. El que fuera, no quería que el barco se moviera. Tenía unas ganas inmensas de echar a correr a la lancha con sus hombres, poner cuatro cargas en la base del casco y volarlo.

—Capitán, aquí el teniente Sorokina. Quiero que eche un vistazo a esto.— La cámara de su casco mostraba el amasijo de cables destrozados de los mandos del barco.

— Escúcheme Oleg. Vamos a acercarnos y les tiraremos varios cabos para comenzar a remolcarlo. El barco se viene con nosotros.

— A la orden capitán. Bien marineros. Ya han oído al capitán. Viktor, vaya a proa con tres hombres para coger los cabos. Yo me quedaré en el puente para controlar el barco mientras lo llevan a puerto. Los demás abrid bien los ojos. No quiero a nadie que se mueva solo por el barco. Siempre en binomio. Y no entréis en el barco. Cerrad todas las puertas que den al interior. — La popa de la corbeta estaba a la suficiente distancia para largar los cabos al sargento Viktor y sus hombres para que los engancharan a las cornamusas del barco. Una vez enganchado, la corbeta comenzó el lento recorrido hasta Múrmansk. El teniente Sorokina, controlaba el timón del barco fantasma. Se le pasó por la cabeza que sus hombres siguieran el registro del barco, pero no quiso arriesgarse. “Que vengan los de Moscú a registrarlo”. El mar estaba en calma, así que la travesía fue tranquila hasta la llegada del puerto.

Los remolcadores llevaron al barco científico hasta el muelle, donde esperaban las autoridades militares y soldados. Esta vez con trajes NBQ.  Los operarios del muelle, colocaron una pasarela. Los soldados con los trajes especiales comenzaron a subirla y a adentrarse en las entrañas del barco naranja. La corbeta dio media vuelta y se dirigió a alta mar a continuar su patrulla rutinaria. Desde popa el capitán y el teniente observaban la escena con sus prismáticos:

—Deberíamos haberlo hundido capitán. Ese barco guarda la muerte.

— Lo sé teniente. Todo lo que me mostró, también lo estaba viendo el cuartel general. Insistieron en que trajéramos el barco de vuelta. Voy al camarote a escribir el informe, ahora  que tengo tiempo. Avíseme si hay alguna novedad.

— A la orden capitán.— Y los dos oficiales se dirigieron al interior del barco. Uno a su camarote y otro al puente. Había pasado una hora, cuando  el capitán estaba terminando en su ordenador, el informe reglamentario sobre lo ocurrido en el barco científico.

— ¡Capitán se requiere urgentemente su presencia en el puente!— Dijo una voz por el interfono que estaba en su mesa. Cogió su sombrero de capitán del perchero y salió del camarote. Con paso rápido, cruzó el pasillo que llevaba al gobierno del barco. Se extrañó de no toparse con algún marinero. Una vez en el puente, el segundo de abordo le dijo que entrara al cuarto de combate. Varios marineros estaban junto a la emisora. Cuando el capitán hizo acto de presencia, todos se cuadraron como mandaban las normas de la antigua armada rusa. El operador de radio cortó una emisión que todos escuchaban.

— ¿Qué sucede operador de radio?— Preguntó curioso el capitán al ver a sus hombres arremolinados alrededor de la emisora.

— Capitán, la comandancia nos ordena que volvamos inmediatamente a  Múrmansk.—-El soldado extendió el brazo para entregar el papel con la orden imprimida. El capitán cogió el folio y leyó la orden.

— Teniente Sorokina, ordene al timonel que fije rumbo a Múrmansk.— Ordenó el capitán por el interfono del cuarto de guerra.

— ¡A la orden capitán! — Se escuchó marcial la voz el joven segundo Sorokina por el interfono.

—  ¿Y ahora me van a decir qué escuchaban?— Preguntó el capitán muy serio. El operador de radio se acercó a la emisora sin decir nada, y apretó el botón de FM. Una voz muy asustada se escuchaba de nuevo. La respiración entrecortada hacía difícil oírla bien.

— ¡…Esto es una locura…! ¡Vuelvo a repetir! ¡Retransmitimos en directo desde la base naval de Múrmansk!… ¡Hace cuestión de una hora, unos soldados entraron en el barco “New YorK” que se perdió durante una malograda expedición científica al círculo polar ártico, para…!

— ¡Vámonos Pasha! — Se escuchó otra voz.

— ¡Ya termino Edik. Corre tú al coche…!— El que hablaba parecía que se tomaba un breve tiempo para poder controlar la excitada respiración, y poder hablar con más calma.—Por lo que he visto desde la entrada al que da al muelle donde está atracado el barco, unos soldados vestidos con trajes especiales para epidemias entraron en el barco. Pasado un tiempo, se vieron especies de flash a través de los ojos de buey de parte inferior del barco. Después salieron del interior del barco, algunos soldados con los trajes… ¡Destrozados, joder! ¡Perseguidos por personas que creo son miembros de la tripulación del barco…!—La excitación volvió a hacerse palpable en la voz.— ¡Los escoltas de los mandos y soldados que protegen… a las autoridades militares que están en el muelle, les han disparado y han caído fulminados…! ¡Los hijos de puta se han vuelto a levantar y han atacado a los que estaban en el muelle…los han matado a mordiscos! ¡Y los que…!

— ¡Pasha joder, que vienen hacia aquí corriendo!— Algunos soldados y generales corrían hacia la salida perseguidos por los del barco y por los que habían sido atacados. Gritaban  y gruñían mientras corrían a una velocidad endiablada. Los generales iban siendo dejando atrás por los jóvenes soldados que ya no se detenían a disparar. Algún mando gritaba ayuda a sus soldados, mientras era tirado al suelo y dentellado. Nadie miraba atrás.

— ¡Abrid la puerta! ¡Deprisa! ¡Abrid la puerta!— Gritaba uno de los soldados que huía a los que custodiaban la entrada. No hizo falta. Los que vigilaban el acceso ya estaban saliendo por la alambrada puerta, dejando las armas en el suelo o en las garitas que guardaban la entrada. El capitán y sus hombres escuchaban la retrasmisión como si se tratara de un partido de futbol de su selección. Los rápidos pasos y la respiración entrecortada de Pasha se escuchaban a través del altavoz de la emisora. Los marineros estaban en completo silencio. El capitán había ordenado que la trasmisión se escuchara en todo el barco. Los maquinistas estaban metidos en el cuarto donde se controlaban los motores del barco. Uno de los cocineros tapó una sartén ardiendo, porque, ensimismados con lo que escuchaban, no prestaron atención a lo que estaban cocinando. En el comedor nadie masticaba…, el micrófono abierto que Pasha llevaba, seguía hablando:

— ¡Sube Pasha! ¡Vamos, vamos, vamos!— Le acuciaba su amigo Edik sentado ya en el coche con el motor en marcha, y la puerta del acompañante abierta. Casi como un nadador salta al comienzo de una carrera, el periodista se lanzó al interior del coche.  Por los altavoces del barco se escucha un golpe seco. Seguidamente unos gritos inhumanos junto con unas zancadas iban aumentando de volumen. Se escuchó cerrar la puerta y al instante un impacto contra la puerta:

— ¡Acelera Erik!— El acelerón de las ruedas se percibió claramente. La respiración todavía se escuchaba acelerada.

— ¿Qué coño pasa Pasha?— Le gritaba Edik a su amigo.

— ¡No lo sé, una especie de epidemia, como lo de las películas esas de zombies, pero que esta vez es real! ¡No lo sé, mierda!… ¡Cuidado con el camión!— La retransmisión se cortó repentinamente.

— ¡Zafarrancho de combate!— Ordenó el capitán. Todos despertaron del trance. El entrenamiento militar continuo, hizo que cada uno estuviera en su puesto en poco tiempo, mientras la alarma chillaba. El capitán se dirigió al puente con un pensamiento que comenzó a pesarle mucho. “Teníamos que haber hundido el maldito barco”.

Continuará.

Capítulo 1 - La expedición

Capítulo 1, La expedición

Hace años, mis padres me contaron que la tierra, a pesar del hombre, cabía comida para todo el mundo…o casi. Que la vida, a pesar de ser complicada, se podía disfrutar de ella: Salir al campo, hacer excursiones, divertirte con la familia, ser feliz, querer, amar…hasta la llegada de la  hecatombe. El juicio final como lo llamaron muchos. Por el 2041, el cambio climático hizo que el Ártico perdiera un noventa y cinco por ciento de su superficie helada en verano al igual que el Antártico, cuando le tocaba su estación estival. Esto provocó que muchas ciudades costeras desaparecieran y que se tuviera que redibujar los mapamundis. Pero lo peor vino después…

Expedición Magallanes. Círculo Polar Ártico.

La silueta  del color naranja chillón del barco científico “USS New York” destacaba  a unos cientos de metros de la costa que, con sus marcas oscuras de tierra, parecía una delicada piel blanca con las manchas del estrés causado por el hombre. La expedición multinacional de científicos financiada por la ONU, comenzó su marcha tierra a dentro. El sol todavía brillaba en el cielo. El solsticio de invierno estaba acabando, y los días comenzaban  a alargarse. El cadáver de un oso polar parecía vigilar a los intrusos:

— Es peor de lo que imaginábamos doctora Leblanc. Estamos acabando el invierno  y parece pleno verano.  Y lo más extraño es que sólo haya ese oso muerto. No hay ningún animal. He venido en otras ocasiones, y esto era un hervidero de vida. Menos mal que se prohibieron los cruceros hacia aquí. Esto se había convertido en un vertedero— Dijo pesaroso, mientras veía cómo las olas dejaban la basura, como manos acusadoras.

— A mí también me ha extrañado doctor Campbell. Acerquémonos a observar al oso.

— No hay tiempo, va a  anochecer muy pronto, y tenemos que andar veinte kilómetros tierra adentro. No quiero que nos pille la noche polar a la intemperie. Debemos de llegar al campamento base antes del bajón de temperaturas.— Remarcó el capitán Almagro, encargado de la seguridad de la expedición.  Junto con cuatro soldados españoles más, estaba encargado de velar por la seguridad de la expedición. Los dos científicos afirmaron con la cabeza, y comenzaron la procesión de motos de nieve, trineos y perros hacia el campamento. Llegaron justo cuando el sol se ocultaba detrás del liso horizonte. El viento, frío como la muerte, comenzó a aullar mientras los perros siberianos se acurrucaban entre la escasa nieve. Tras la larga noche, el astro rey comenzaba a asomar de nuevo donde terminaba la inmensa llanura polar. El buen tiempo hizo que el helicóptero del barco, trajera el resto de material y víveres. Dos científicos y dos soldados para su protección se equiparon, y se dirigieron  hacia el centro de la inhóspita tierra con algunas motos de nieve y equipo para recoger muestras de hielo. La expedición volvió antes de que anocheciera. Parecían muy cansados. Les costaba andar sobre la fina nieve. La doctora Lavrov les esperaba en la puerta del laboratorio del campamento base:

— ¿Qué tal doctora Leblanc? Trae usted mala cara.

— No me encuentro bien. El doctor Cambell y los dos soldados que nos acompañan están igual. Y fue todo a raíz de sacar el último tubo de muestra del hielo. Por cierto. Hemos llegado a tocar tierra. Hemos sacado muestras también.

— Increible… Terrible.— Dijo la doctora, especialista en microbiología Lavrov.—En cuanto se cambien, les esperamos en la sala de reunión. Voy a avisar a los demás.

Al poco tiempo, los científicos de la expedición estaban reunidos en la sala. La doctora Leblanc estaba de pie delante de los tubos de muestra, que mostraban distintas capas de hielo y tierra. Su rostro mostraba unos ojos muy enrojecidos, y se sentía muy débil. Las explicaciones las iba a dar lo más sencillas y rápidas posibles. Quería irse a la cama. El doctor Cambell, fue más listo. Ya estaba durmiendo plácidamente. Una vez todos atentos a la doctora, comenzó a hablar:

—Queridos colegas. Esto es más grave de lo que pensábamos. Lo que las fotos de la NASA nos mostraron hace unas semanas, hacía que la comunidad científica temiera que el deshielo del ártico y del Antártico se estaba produciendo mucho más rápido de lo que pensábamos. Estos tubos de muestra lo confirman. Hemos llegado a tocar tierra. Tierra que nadie había visto en miles de años.— Cogió un tubo de muestra y dejó salir de él, un puñado de arena y piedra encima de la mesa. Los allí presentes se levantaron a ver y tocar algo que nadie en el mundo había hecho. Se arremolinaron alrededor de la mesa, maravillados por ver esa tierra milenaria. La doctora Leblanc continuó hablando.— Es una pena que podamos ver estas muestras, gracias a la mala influencia del género hum….— La doctora puso los ojos en blanco y se desplomó fulminada al suelo. El sonido del cuerpo contra el suelo, sacaron a los presentes del ensimismamiento, mirando las muestras. Rápidamente fue atendida por los doctores y científicos que allí estaban. En ese mismo instante el capitán Almagro entraba presuroso a la sala:

— ¡Por favor algún doctor que venga conmigo. Dos de mis hombres se han desmayado y no reaccionan a nada!

— A la doctora Leblanc le ha pasado lo mismo.— Comentó el biólogo argentino Díaz.

— ¡No respira!— Advierte el botánico inglés Williams. Díaz rápidamente se arrodilló junto a la doctora y, mientras Williams le daba un masaje cardiaco, el biólogo echaba para atrás la cabeza y le insuflaba aire a los maltrechos pulmones. Todo en perfecta armonía. Pero la vida de la doctora tocó a su fin tras el paso de varios minutos, intentando reanimarla. Otros dos científicos que fueron con el capitán, volvieron a la sala con el mismo resultado.

— ¡Mierda! ¡Vayan a ver al doctor Cambell!— Exclamó el virólogo estadounidense Harris, mientras los dos científicos que auxiliaron a la fallecida doctora, la tapaban con una sábana. Los dos ingenieros, encargados del mantenimiento del campamento que, por curiosidad, estaban también en la reunión fueron rápidamente a la habitación del doctor. Cuando entraron, el doctor estaba acostado de lado, dándoles la espalda. Parecía que todo estaba bien y que descansaba tranquilamente. Uno de los ingenieros se acercó hasta él y le tocó el hombro:

— Doctor. Doctor Cambell, despierte.— El doctor no reaccionaba a los suaves meneos a que el ingeniero le sometía para despertarle. — Doctor Cambell, ha ocurrido algo terrible…— El ingeniero le movió de una manera un poco más brusca. El cuerpo del doctor se giró, quedando boca arriba. Los ojos en blanco y la boca abierta provocaron que el ingeniero diera un salto hacia atrás. Un hilo de sangre comenzó a salir de un oído del doctor:

— ¡Joooooooder! ¡También está muerto!— Gritó horrorizado el ingeniero. Su compañero reaccionó deprisa.

— ¡Voy al barco en el helicóptero! ¡Tengo que avisarles de lo que ocurre!

— ¡Avisa por la radio cojones!

— Las baterías solares no han tenido tiempo de cargarse del todo, y la emisora no tiene fuerza suficiente para emitir con fuerza.

— ¡Pues usa los putos walkies!

— No tienen alcance suficiente. No tardaré en volver…— En ese mismo instante Willians llegó. Miró sorprendido y asustado a la vez el cadáver del doctor Cambell.

— ¿También está muerto?— Preguntó el botánico.

— Sí.— Confirmó el ingeniero que intentó despertarle.

— Ok. Vamos todos a la sala de reuniones, el doctor Harris quiere hablarnos.

Mientras el ingeniero y el científico Willians se dirigían hacia la sala, El otro ingeniero se puso el traje de nieve y se dirigió al helicóptero. Cuando entraron en la sala, todos estaban en el extremo contrario a donde se encontraba el cadáver de la doctora. Willians le comunicó la muerte de Cambell al doctor Harris. Una vez, todos juntos, el doctor Harris se quitó las gafas y se dirigió a los allí presentes:

— Siento deciros esto queridos colegas, pero, a partir de ahora, estamos en cuarentena.— Sentenció el virólogo Harris. Primero se sorprendieron, después comenzaron a aparecer los rostros de preocupación.— Tenemos cuatro muertos. La doctora Leblanc, el doctor Cambell y los dos soldados que están en sus habitaciones. — El capitán Almagro y los dos otros soldados se pusieron en la puerta, con las pistolas en las fundas desabrochadas. — Y la única explicación es que han estado expuestos a algún patógeno muy virulento, que estaría latente bajo el hielo, y que ha revivido al encontrar de nuevo oxígeno. Ese virus o bacteria ha venido con ellos. Es muy probable que incluso esté en esa muestra de tierra que está encima de la mesa. Y hay una alta probabilidad  que se trasmite por el aire, pues entre ellos cuatro no ha habido contacto físico alguno. Desde que se han ido y han vuelto, han pasado unas siete horas. Ese es el tiempo más o menos que hay de incubación, incluso a lo mejor menos. Aquí dentro hace más calor. — Dijo pesimista el virólogo.— Así que lo mejor, es encerrarnos en las instalaciones. Que nadie entre ni salga, hasta que encontremos algo con qué erradicarlo en el laboratorio del campamento…si nos da tiempo. No intenten escapar. El capitán Almagro acaba de activar el protocolo de cuarentena, y usará la fuerza si es necesario. Procederemos a sellar las puertas el campamento base y avisaremos al barco de que manden un equipo epidemiológico para que tomen muestras también y lo envíen a la OMS…

— Perdone doctor.— Interrumpió el ingeniero. —Las baterías de la emisora todavía no se han cargado del todo, y no hay fuerza suficiente para conectar con el barco y los walkies no tienen alcance…— En ese mismo instante el sonido del motor del helicóptero se hacía cada vez más fuerte. El doctor Harris y las demás eminencias se miraron asustados, pensando en el terrible suceso que iba a ocurrir:

— ¡Capitán Almagro, detenga inmediatamente el helicóptero! ¡Derríbelo si es necesario! ¡No debe llegar al barco!— Gritó desesperado el doctor Harris. El capitán y los dos soldados desenfundaron las pistolas y salieron raudos hacia el helipuerto. Cuando salieron al helado exterior, el helicóptero había girado sobre sí y había tomado rumbo hacia el barco. En la sala de reuniones,  la doctora rusa Lavrov solicitó la atención de Díaz y señaló el cadáver de la doctora Leblanc. Parece que algo se movía bajo la sábana.

Continuará.