Capítulo 1 - La expedición

Capítulo 1, La expedición

Hace años, mis padres me contaron que la tierra, a pesar del hombre, cabía comida para todo el mundo…o casi. Que la vida, a pesar de ser complicada, se podía disfrutar de ella: Salir al campo, hacer excursiones, divertirte con la familia, ser feliz, querer, amar…hasta la llegada de la  hecatombe. El juicio final como lo llamaron muchos. Por el 2041, el cambio climático hizo que el Ártico perdiera un noventa y cinco por ciento de su superficie helada en verano al igual que el Antártico, cuando le tocaba su estación estival. Esto provocó que muchas ciudades costeras desaparecieran y que se tuviera que redibujar los mapamundis. Pero lo peor vino después…

Expedición Magallanes. Círculo Polar Ártico.

La silueta  del color naranja chillón del barco científico “USS New York” destacaba  a unos cientos de metros de la costa que, con sus marcas oscuras de tierra, parecía una delicada piel blanca con las manchas del estrés causado por el hombre. La expedición multinacional de científicos financiada por la ONU, comenzó su marcha tierra a dentro. El sol todavía brillaba en el cielo. El solsticio de invierno estaba acabando, y los días comenzaban  a alargarse. El cadáver de un oso polar parecía vigilar a los intrusos:

— Es peor de lo que imaginábamos doctora Leblanc. Estamos acabando el invierno  y parece pleno verano.  Y lo más extraño es que sólo haya ese oso muerto. No hay ningún animal. He venido en otras ocasiones, y esto era un hervidero de vida. Menos mal que se prohibieron los cruceros hacia aquí. Esto se había convertido en un vertedero— Dijo pesaroso, mientras veía cómo las olas dejaban la basura, como manos acusadoras.

— A mí también me ha extrañado doctor Campbell. Acerquémonos a observar al oso.

— No hay tiempo, va a  anochecer muy pronto, y tenemos que andar veinte kilómetros tierra adentro. No quiero que nos pille la noche polar a la intemperie. Debemos de llegar al campamento base antes del bajón de temperaturas.— Remarcó el capitán Almagro, encargado de la seguridad de la expedición.  Junto con cuatro soldados españoles más, estaba encargado de velar por la seguridad de la expedición. Los dos científicos afirmaron con la cabeza, y comenzaron la procesión de motos de nieve, trineos y perros hacia el campamento. Llegaron justo cuando el sol se ocultaba detrás del liso horizonte. El viento, frío como la muerte, comenzó a aullar mientras los perros siberianos se acurrucaban entre la escasa nieve. Tras la larga noche, el astro rey comenzaba a asomar de nuevo donde terminaba la inmensa llanura polar. El buen tiempo hizo que el helicóptero del barco, trajera el resto de material y víveres. Dos científicos y dos soldados para su protección se equiparon, y se dirigieron  hacia el centro de la inhóspita tierra con algunas motos de nieve y equipo para recoger muestras de hielo. La expedición volvió antes de que anocheciera. Parecían muy cansados. Les costaba andar sobre la fina nieve. La doctora Lavrov les esperaba en la puerta del laboratorio del campamento base:

— ¿Qué tal doctora Leblanc? Trae usted mala cara.

— No me encuentro bien. El doctor Cambell y los dos soldados que nos acompañan están igual. Y fue todo a raíz de sacar el último tubo de muestra del hielo. Por cierto. Hemos llegado a tocar tierra. Hemos sacado muestras también.

— Increible… Terrible.— Dijo la doctora, especialista en microbiología Lavrov.—En cuanto se cambien, les esperamos en la sala de reunión. Voy a avisar a los demás.

Al poco tiempo, los científicos de la expedición estaban reunidos en la sala. La doctora Leblanc estaba de pie delante de los tubos de muestra, que mostraban distintas capas de hielo y tierra. Su rostro mostraba unos ojos muy enrojecidos, y se sentía muy débil. Las explicaciones las iba a dar lo más sencillas y rápidas posibles. Quería irse a la cama. El doctor Cambell, fue más listo. Ya estaba durmiendo plácidamente. Una vez todos atentos a la doctora, comenzó a hablar:

—Queridos colegas. Esto es más grave de lo que pensábamos. Lo que las fotos de la NASA nos mostraron hace unas semanas, hacía que la comunidad científica temiera que el deshielo del ártico y del Antártico se estaba produciendo mucho más rápido de lo que pensábamos. Estos tubos de muestra lo confirman. Hemos llegado a tocar tierra. Tierra que nadie había visto en miles de años.— Cogió un tubo de muestra y dejó salir de él, un puñado de arena y piedra encima de la mesa. Los allí presentes se levantaron a ver y tocar algo que nadie en el mundo había hecho. Se arremolinaron alrededor de la mesa, maravillados por ver esa tierra milenaria. La doctora Leblanc continuó hablando.— Es una pena que podamos ver estas muestras, gracias a la mala influencia del género hum….— La doctora puso los ojos en blanco y se desplomó fulminada al suelo. El sonido del cuerpo contra el suelo, sacaron a los presentes del ensimismamiento, mirando las muestras. Rápidamente fue atendida por los doctores y científicos que allí estaban. En ese mismo instante el capitán Almagro entraba presuroso a la sala:

— ¡Por favor algún doctor que venga conmigo. Dos de mis hombres se han desmayado y no reaccionan a nada!

— A la doctora Leblanc le ha pasado lo mismo.— Comentó el biólogo argentino Díaz.

— ¡No respira!— Advierte el botánico inglés Williams. Díaz rápidamente se arrodilló junto a la doctora y, mientras Williams le daba un masaje cardiaco, el biólogo echaba para atrás la cabeza y le insuflaba aire a los maltrechos pulmones. Todo en perfecta armonía. Pero la vida de la doctora tocó a su fin tras el paso de varios minutos, intentando reanimarla. Otros dos científicos que fueron con el capitán, volvieron a la sala con el mismo resultado.

— ¡Mierda! ¡Vayan a ver al doctor Cambell!— Exclamó el virólogo estadounidense Harris, mientras los dos científicos que auxiliaron a la fallecida doctora, la tapaban con una sábana. Los dos ingenieros, encargados del mantenimiento del campamento que, por curiosidad, estaban también en la reunión fueron rápidamente a la habitación del doctor. Cuando entraron, el doctor estaba acostado de lado, dándoles la espalda. Parecía que todo estaba bien y que descansaba tranquilamente. Uno de los ingenieros se acercó hasta él y le tocó el hombro:

— Doctor. Doctor Cambell, despierte.— El doctor no reaccionaba a los suaves meneos a que el ingeniero le sometía para despertarle. — Doctor Cambell, ha ocurrido algo terrible…— El ingeniero le movió de una manera un poco más brusca. El cuerpo del doctor se giró, quedando boca arriba. Los ojos en blanco y la boca abierta provocaron que el ingeniero diera un salto hacia atrás. Un hilo de sangre comenzó a salir de un oído del doctor:

— ¡Joooooooder! ¡También está muerto!— Gritó horrorizado el ingeniero. Su compañero reaccionó deprisa.

— ¡Voy al barco en el helicóptero! ¡Tengo que avisarles de lo que ocurre!

— ¡Avisa por la radio cojones!

— Las baterías solares no han tenido tiempo de cargarse del todo, y la emisora no tiene fuerza suficiente para emitir con fuerza.

— ¡Pues usa los putos walkies!

— No tienen alcance suficiente. No tardaré en volver…— En ese mismo instante Willians llegó. Miró sorprendido y asustado a la vez el cadáver del doctor Cambell.

— ¿También está muerto?— Preguntó el botánico.

— Sí.— Confirmó el ingeniero que intentó despertarle.

— Ok. Vamos todos a la sala de reuniones, el doctor Harris quiere hablarnos.

Mientras el ingeniero y el científico Willians se dirigían hacia la sala, El otro ingeniero se puso el traje de nieve y se dirigió al helicóptero. Cuando entraron en la sala, todos estaban en el extremo contrario a donde se encontraba el cadáver de la doctora. Willians le comunicó la muerte de Cambell al doctor Harris. Una vez, todos juntos, el doctor Harris se quitó las gafas y se dirigió a los allí presentes:

— Siento deciros esto queridos colegas, pero, a partir de ahora, estamos en cuarentena.— Sentenció el virólogo Harris. Primero se sorprendieron, después comenzaron a aparecer los rostros de preocupación.— Tenemos cuatro muertos. La doctora Leblanc, el doctor Cambell y los dos soldados que están en sus habitaciones. — El capitán Almagro y los dos otros soldados se pusieron en la puerta, con las pistolas en las fundas desabrochadas. — Y la única explicación es que han estado expuestos a algún patógeno muy virulento, que estaría latente bajo el hielo, y que ha revivido al encontrar de nuevo oxígeno. Ese virus o bacteria ha venido con ellos. Es muy probable que incluso esté en esa muestra de tierra que está encima de la mesa. Y hay una alta probabilidad  que se trasmite por el aire, pues entre ellos cuatro no ha habido contacto físico alguno. Desde que se han ido y han vuelto, han pasado unas siete horas. Ese es el tiempo más o menos que hay de incubación, incluso a lo mejor menos. Aquí dentro hace más calor. — Dijo pesimista el virólogo.— Así que lo mejor, es encerrarnos en las instalaciones. Que nadie entre ni salga, hasta que encontremos algo con qué erradicarlo en el laboratorio del campamento…si nos da tiempo. No intenten escapar. El capitán Almagro acaba de activar el protocolo de cuarentena, y usará la fuerza si es necesario. Procederemos a sellar las puertas el campamento base y avisaremos al barco de que manden un equipo epidemiológico para que tomen muestras también y lo envíen a la OMS…

— Perdone doctor.— Interrumpió el ingeniero. —Las baterías de la emisora todavía no se han cargado del todo, y no hay fuerza suficiente para conectar con el barco y los walkies no tienen alcance…— En ese mismo instante el sonido del motor del helicóptero se hacía cada vez más fuerte. El doctor Harris y las demás eminencias se miraron asustados, pensando en el terrible suceso que iba a ocurrir:

— ¡Capitán Almagro, detenga inmediatamente el helicóptero! ¡Derríbelo si es necesario! ¡No debe llegar al barco!— Gritó desesperado el doctor Harris. El capitán y los dos soldados desenfundaron las pistolas y salieron raudos hacia el helipuerto. Cuando salieron al helado exterior, el helicóptero había girado sobre sí y había tomado rumbo hacia el barco. En la sala de reuniones,  la doctora rusa Lavrov solicitó la atención de Díaz y señaló el cadáver de la doctora Leblanc. Parece que algo se movía bajo la sábana.

Continuará.