Capitulo 3 - La era de la supervivencia

Capítulo 3, La era de la supervivencia

“El virus Nueva York hizo su presentación al público en el norte de Rusia, en Múrmansk, y según me contaron mis padres, le pusieron el nombre de la ciudad en “honor” al barco que lo trajo. Comenzó a extenderse hacia todas direcciones, aunque con más fuerza en el suroeste de Rusia, la zona más poblada, como cuando el agua se extiende por el suelo cuando se tumba un cubo. Moscú cayó en un mes. Las medidas de contención fueron fallando, a medida que el virus aparecía en las ciudades europeas y asiáticas; los aviones que huían, hicieron el resto. Pero los científicos consiguieron una vacuna in extremis para detener la primera cepa. El virus “Nueva York” que se transmitía por el aire, comenzó a remitir y la humanidad respiró aliviada, hasta que mutó. El contagio fue mucho más rápido. No dio tiempo a crear otra nueva vacuna. El mundo estaba a punto de desaparecer tal y como lo conocían mis padres. Los operarios dejaron de ir a sus trabajos, enfermos o por miedo a salir de casa. Las administraciones de las ciudades cerraron. Los hospitales sucumbieron a los contagiados. Las centrales eléctricas, las centrales nucleares, térmicas o el suministro de petróleo comenzaron a fallar hasta que dejaron de funcionar. El caos se adueñó de las ciudades.  Los gobiernos desaparecieron junto con sus ejércitos. Ya no había pobres y ricos, jefes y obreros, reyes y vasallos…sólo supervivientes e infectados. Las municiones de las armas de fuego se agotaron rápidamente, intentando acabar con los contagiados y con los que no. No había suficientes balas para todos los que quedaban. Así que comenzó una nueva edad de piedra para el hombre, un nuevo tiempo  que mis padres llamaron “La Era de La Supervivencia”.

El virus creó tres nuevas razas de seres. Unos eran los llamados “Ne umer” (No muerto). Así comenzaron a llamarlos en Rusia, y así se les nombra desde entonces. Comen todo lo que esté vivo, da igual lo que se les cruce. Cuando llevan tiempo sin alimentarse, comienzan a volverse torpes y lentos, hasta que, si no consiguen comida, se debilitan del todo y se quedan inmóviles hasta que el hambre acaba con ellos…o se les cruza algún confiado. Si consiguen algo que llevarse a la boca, se vuelven unos bichos rápidos y mortales y más aún: No sabemos cómo, forman manadas como si de lobos se trataran, con un alfa que los dirige. Una de ellas acabó con mi familia. Entramos en un hospital abandonado a las afueras de Madrid, buscando medicinas para mi hermano pequeño. Tras de ambular por los largos pasillos con algunos esqueletos adornado las cochambrosas habitaciones, llegamos a la sala de la UCI  y, milagrosamente, había un armarito de cristal intacto, lleno de medicinas de todo tipo. Llené mi mochila mientras mi padre vigilaba la puerta. Mi madre le dio un antibiótico a mi hermano, pues un simple resfriado que tenía se había complicado, y no paraba de llorar por el dolor de garganta que tenía. Eso fue lo que los atrajo. Mi padre se giró rápidamente y nos hizo la señal de silencio con el dedo, pero mi hermanito eso no lo entendía y siguió llorando. Mi madre le tuvo que tapar la boca. Mi padre nos dijo en voz baja que nos escondiéramos. Mi madre, mi hermano y mi padre se escondieron detrás de una cama que estaba tumbada de lado. Yo, me oculté dentro de un pequeño armario que estaba debajo de un fregadero quirúrgico. Justo cuando iba a cerrar la puerta, vi como un neumer entraba por la puerta. Dejé la pequeña puerta entre abierta. No quería hacer ningún ruido. Detrás de él, entraron otros tres. El olor fétido invadía la sala. Quise vomitar, pero tuve que tragarme de nuevo lo poco que comí antes. Estaba constantemente mirando a la cama y mirando a los infectados. Debían de llevar tiempo sin comer, porque se movían cerrilmente. Uno  de ellos no paraba de tropezarse, cada vez que se pisaba uno de los intestinos secos que le colgaban del vientre. A otro le faltaba media cara y el brazo izquierdo. El más bajito tenía una barra de hierro atravesado de lado a lado a la altura del estómago, seguramente de algún encuentro con un malogrado superviviente. El más alto, tenía la piel completamente seca, sin labios, y parecía que era el que mandaba sobre los otros tres, porque al marcharse hizo una especie de gruñidos y los otros tres le siguieron. Ese momento, mi hermano tosió. Los neumers comenzaron a emitir unos gritos aterradores y se lanzaron hacia la cama. Mi padre se levantó  y situó detrás de él a mi madre y a mi hermano pequeño. Sacó un machete y se puso a defender lo que más quería con su vida. Los monstruos comenzaron a acercase amenazadoramente a mi familia. Salí del armario.  Mi padre me miró brevemente y comenzó a mover  la cabeza negativamente, mientras mantenía el brazo derecho estirado con el machete, para usarlo contra el que se suponía era el líder de la manada de neumer. Me puse de pie para que me vieran y así me siguieran fuera de la sala:

— ¡Corre Jesús! ¡Sal de aquí!— Me gritó mi madre. Mi hermano lloraba con fuerza. El llanto se repetía por los pasillos vacíos.

— ¡Cuando me sigan!— Con una bandeja de metal, comencé a hacer un tremendo estruendo. Dos de ellos se giraron y fueron a por mí. Yo tenía la esperanza de que me siguieran y se olvidaran de mi familia, y con mi velocidad, terminaría despistándolos y así poder volver con mis padres. Cuando salí por la puerta, un numeroso grupo de ellos, venía por dos de los tres pasillos que desembocaban en la UCI. Me entraron unas ganas terribles de parar y esperar la muerte, pero la voz de mi madre gritando que corriera, me empujó hacia el pasillo libre:

— ¡Vive, Jesús, vive por nosotros!— Eso fue lo último que escuché de mi madre, antes de perderme entre los escombros del hospital. Fue la última vez que vi a mi familia. Al cabo de un tiempo que no recuerdo, volví a donde les dejé, pero sólo había sangre. Pase varios días sobreviviendo como podía, con los trucos de supervivencia que mi padre me enseñó.  Después encontré el grupo con el que estoy ahora, pero esa ya es otra historia.

La otra raza fue la de los inmunes, personas que el virus no les afectaba. Su sistema inmunológico impedía que el virus les enfermara. Los mordiscos y arañazos de los neumers no les contagiaban el virus, así que los grupos de supervivientes los escogían para que fueran los que los defendieran, cuando salían a buscar recursos y comida. Para enfrentarse a los muertos hay que tener un par de huevos u ovarios, así que, no todos valen para ser “guerreros” como los llamamos. Para admitirlos, tienen que salir de caza y traernos unas cuantas cabezas de neumers. Muy pocos vuelven y menos aún son los que cumplen la misión. Así que los guerreros son escasos. Después se les somete a un duro entrenamiento con armas blancas, para después protegernos, porque además de enfrentarnos a los neumers, también luchamos contra otros grupos que quieren quitarnos la poca comida que conseguimos. Pero a pesar de ser grandes y duros luchadores, cada vez que salen con un grupo de supervivientes, casi siempre caen algunos. He visto a más de un aguerrido guerrero llorar por no haber podido defender a su grupo, y tener que haber dejado a su suerte a algunos para salvar el resto de la fracción.

Y por último están los “vivaciores”. Supervivientes que todavía no se han rendido, y que buscan algún lugar donde quedarse y vivir tranquilamente. Los guerreros los protegen mientras hacen las batidas en busca de comida. Algún listillo gracioso llamaba a los supervivientes “vivacior” (longevo en latín), porque el que conseguía vivir a varias salidas en este mundo tan hostil, estaba teniendo una vida larga. No sé cuando empezaron a llamarlos así y tampoco ahora importa, pero suena mejor que supervivientes. Aunque ahora estemos a la cola de la cadena alimenticia.

Los que permanecemos vivos nos dedicamos a deambular por toda la yerma y adversa tierra, explorando para encontrar algún sitio fácilmente defendible o algo que llevarse a la boca, mientras luchamos con las hordas de infectados u otros clanes que intentan lo mismo que nosotros. Después de varias generaciones, he visto cómo el hombre ha evolucionado a su estado primitivo. Hemos pasado por ciudades completamente vacías, otras las tuvimos que atravesar luchando contra los neumers y bandas de vivaciores que han perdido su humanidad. Nuestro clan ha ido disminuyendo poco a poco.  Creía que de seguir así íbamos de dispersarnos, a desaparecer. Pero hemos tenido la fortuna de salvar a un nutrido grupo de vivaciores, a punto de ser devorados por una manada de neumers. Sus guerreros habían sido eliminados y estaban completamente indefensos. Perdimos a algunos, pero mereció la pena.

Ahora,tengo que conseguir más guerreros así que, tendré que hacer una selección entre los nuevos vivaciores que se han presentado voluntarios. Lo que peor llevo es hacerles heridas con las garras que arranqué a un neumer. Unos pasan gracias a su inmunidad y continúan con su entrenamiento, otros los tengo que matar…”

Una guerrera entró precipitadamente en la vieja tienda de campaña:

— ¡Alfa! ¡Han llegado!

— Bien. Que esperen un poco mientras termino de escribir. Me queda muy poco, y para escuchar lo de “muchos neumers y nada de comida”…—

— ¡Tienes que venir! ¡Han encontrado algo muy importante!

— Vaaaaale, voy. — Alfa dejó con desgana la escritura y guardó con mucho mimo en un bolsillo de su guerrera, el bolígrafo que encontró en el último pueblo que cruzaron. Era todo un tesoro para él. Se levantó y, mientras la guerrera sostenía la cortina que hacía de puerta, Alfa salió al encuentro de los exploradores. Uno de ellos, el más fuerte se acercó hasta él:

— Alfa, hemos encontrado un río y un pueblo a pocos kilómetros de aquí.— A Alfa se le abrieron sus cuarentones ojos como platos junto con su mejor sonrisa.— y tiene agua. —“Por fin una buena noticia” pensó el viejo Alfa.— Pero hay neumers y no sabemos cuántos. No he querido arriesgarme a una emboscada. También hemos visto especies de cajas diseminadas por el pueblo, pero no nos hemos atrevido a acercarnos, hasta asegurarnos del peligro que hay en el pueblo. ¡Ah! Y hay restos de un avión que debió estrellarse en el río.

— Como otros tantos que hemos visto Aarón.—Contestó Alfa condescendiente.

—Pero éste es diferente. Hace tiempo, nos hablaste de unos aviones blancos que tiraban comida desde el cielo, hasta que desaparecieron. Pues, los restos del avión que hemos visto en el río son del mismo color. En uno de ellos, junto a la orilla, lleva dibujado algo así. También está dibujado  en las cajas que hemos visto en el pueblo.— Aarón sacó su cuchillo de la funda de la cintura e hizo dos dibujos en la arena. Alfa se quedó pensativo, contemplando esos dos dibujos hechos en la tierra. Todos le observaban expectantes. Después levantó la vista y empezó a mirar a todos los presentes, mientras pronunciaba dos letras, al principio con voz baja, y después comenzó a subir el volumen como si de una radio se tratara:

—UN…UN, ¡UN! ¡UN!— Los demás le miraban curiosos.— Con sus manos cogió a Aarón de los brazos.— ¡Es uno de esos aviones! ¡De los que lanzaban paquetes de comida!— Le dijo, mientras las lágrimas comenzaron a correrle por las mejillas. — ¡Habéis encontrado agua y comida!— Los vivaciores y guerreros que se habían congregado alrededor de los exploradores y el líder del clan, comenzaron a dar vítores y a abrazarse entre ellos. Alfa comenzó a hacer el ademán de calmarse. Todos guardaron silencio. Más tranquilo, Alfa empezó a dar órdenes:

—Aarón, tráeme los prismáticos que tengo colgados junto a mi saco de dormir y llévame hasta allí. Que vengan tres guerreros con nosotros. El resto, preparaos para comenzar la marcha en cuanto volvamos.— Tras tres tranquilos kilómetros, Alfa, a la cabeza del pequeño grupo de guerreros, llegó hasta la entrada de un puente todavía intacto, sobre el sorprendentemente caudaloso río. No daba crédito a lo que estaba viendo. Un lugar donde poder asentarse, por lo menos por un tiempo, hasta ver si el lugar era apto para quedarse indefinidamente. Una brisa que venía del otro lado tocó su rostro, acompañada de un hedor fétido, que le advertía de que no lo iba a tener nada fácil, el poder quedarse con el pueblo que estaba al otro lado del río. “Neumers”  pensó en alto. Los guerreros ni se inmutaron, pues ya estaban en guardia, pendientes de cualquier movimiento o ruido extraño. Los viejos y expertos ojos del viejo líder observaban el otro extremo del puente y sus alrededores con los prismáticos. Vio algunas cajas con sus paracaídas esparcidas por  las calles. “Probablemente habrá más en el interior del pueblo”, volvió a decirse. Luego miró al otro lado del puente. Observó un par de cajas negras con las letras “UN”. Estaban a dos metros escasos de la salida de la gran pasarela de metal. Había que intentarlo. Aarón se adelantó a los pensamientos de Alfa:

— Yo iré. Soy el más rápido.

— Y el más valioso Aarón, no puedo permitirme perderte.— Dijo Alfa con cariño. Lo encontró con diez años, con la cabeza de un neumer en una mano y un cuchillo en el otro. Ya era un guerrero cuando lo encontró, y lo crio como si fuera su hijo.

— Iremos nosotros dos— Se adelantaron dos guerreros: Isaac y Neo. Alfa estaba muy orgulloso de su grupo de “soldados”. Aarón los entrenaba muy bien.

— Está bien. Cruzad el puente con sumo cuidado. No quiero que caigáis en alguna vieja trampa que esté oculta. Cuando lleguéis al otro extremo, cogéis una de esas cajas y la traéis. Si aparecen neumers, salid echando leches hacia aquí. Ya sabéis que, aunque los veáis lentos, no os podéis fiar. Podría ser una emboscada.— Los dos guerreros se abrazaron con el resto, a modo de despedida, por si no volvían y comenzaron, cautelosos, a cruzar el puente. Cuando llegaron al otro extremo, Neo hizo una señal con la mano de que no había novedad. Alfa escrutaba la orilla y los alrededores cercanos a sus dos guerreros con los prismáticos. Sin numers a la vista. “Vamos chicos, coged la caja y venid para acá ya”. Decía entre dientes Alfa. Cuando Neo cogió la caja, miró hacia el pueblo. Se quedó paralizado. Un vivacior les observaba desde una ventana de una casa que tenía enfrente:

— ¡Vamos, Neo!— Le apremiaba su amigo Isaac.

— ¡Venga vamos!— Respondió Neo. Cogió la caja y volvió a mirar, pero el vivacior ya no estaba. Los dos cruzaron como leopardos el puente a pesar de que la caja pesaba. Cuando cruzaron, dejaron el pequeño tesoro a los pies de Alfa. Éste sacó su cuchillo y rajó el precinto con sumo cuidado. Dentro había latas de comida y fruta deshidratada. Los guerreros comenzaron a gritar y a saltar de alegría. Cogieron la comida y se dieron un festín como hacía años no tenían. Mientras los guerreros daban cuenta de los restos, Alfa apartó a Neo del grupo:

— Neo, he visto que te quedabas mirando a un sitio. ¿Has visto a algún neumer?

— No. Un vivacior me estaba mirando desde una ventana. O eso creía.

— ¿Estás seguro?

— Creo que sí Alfa, pero con las prisas y el miedo no estoy seguro.

— No pasa nada. Si hay supervivientes en el pueblo, les invitaremos a que se unan a nosotros, o tendremos que luchar. Sé que hay neumers…

— El olor los delata.— Afirma Neo.

—Bien. Vayamos con los demás. Tenemos que ir a por el resto del clan. Creo que ya sé lo que vamos a hacer. ¡Venid aquí!— Llamó al pequeño grupo de guerreros. Cuando estaban todos junto a Alfa, no sin bajar en todo momento la guardia, el jefe del clan habló a Aarón:

— Primero vamos a hundir en el río, los restos del avión que estén a la vista. No quiero que otro clan vea el avión, y se quede aquí. Tendríamos que luchar y no quiero perder más gente. Después vamos a volver, desmantelaremos el campamento y vendremos todos a este lugar.  Una vez estemos todos aquí, nos dividiremos en dos grupos…

— Pero eso nos debilitaría Alfa.— Se quejó Aarón.

—Sí, pero registraremos antes el pueblo. Montarás un campamento al norte, mientras yo monto el otro al sur, justo ahí enfrente.— Señaló una planicie al otro lado del río, fácilmente defendible y desde donde se podría ver cualquier cosa que se acercara al campamento a distancia.— Además, si los vivaciores que haya en el pueblo, nos atacan, apareceréis por la retaguardia. No lo esperarán. Ahora, en marcha.— El grupo se puso de nuevo a andar, guardando lo que sobró del festín en la caja de alimentos de la UN en sus raídas mochilas. Mientras los guerreros desaparecían entre los árboles, desde un mirador situado en lo más alto del pueblo, unos ojos depredadores observaban su próxima comida. Un enorme y pestilente neumer miraba con atención a Alfa y a los suyos. Cuando la pequeña expedición desapareció, se dio la vuelta  y con un su rostro desfigurado y podrido pronunció algo parecido a un gruñido. Un nutrido grupo de infectados comenzó a moverse lentamente y a dividirse entre las calles del pueblo.

 

 

Escrito por F.B.V.