Quinta parte - Los Planes

Los planes, 5ª parte de La Purga 5

— ¿Qué tal estás payaso?… Mejor Clown ¿No? Es que en este país si lo traducimos queda un poco extraño. Eres más guapo cuando estás maquillado.—  Le saluda el coronel sentado en una terraza de un bar, cerca de la plaza del ayuntamiento de Titulcia. Clown viene directamente del aeropuerto de Cuatro Vientos, en un Jet privado, fletado por La Hermandad Negra. Antes de que aterrizara, Clown fue advertido de que no repitiera su puesta en escena de nuevo. Tras su trabajo en Loranca el año pasado, la dirección de la hermandad quedó muy satisfecha. El coronel y él no congeniaron al principio, pero, tras trabajar juntos, terminaron los dos y sus hombres casi a puñaladas por el simple hecho de  a ver, quién había matado más víctimas. Después de terminar en el barrio de Fuenlabrada, Clown, fue acompañado al avión en el que vino que, tras la masacre que hizo dentro del aeroplano, los “limpiadores” a sueldo de La Hermandad Negra, tuvieron que hacer una “desinfección” en tiempo record, para que pudieran volver Clown y sus hombres. Le pusieron unas franjas de colores a lo largo del fuselaje y le cambiaron la matrícula. Los nuevos pilotos cuando se sentaron en la cabina, no notaron nada extraño. A los familiares de la antigua tripulación se les informó que el avión se estrelló en el Océano Atlántico, sin dejar rastro alguno. Clown se sienta frente al coronel y observa que hay alguien a su lado. Tiene aspecto de militar, fuerte, con poblada barba,  pero no recuerda haberle visto en Loranca:

— Coronel, es todo un placer volver a verle. He echado de menos su pésimo humor.— Le contesta Clown en su perfecto castellano, tras sentarse y acomodarse. La verdad que cualquiera que les vea, no sospecharía, que están sentados dos personajes de los más sanguinarios, que la humanidad haya conocido. El tercero todavía es un desconocido. — Y ¿Usted es?— Pregunta al acompañante del coronel.

— Alex, Alex DeLarge.

—  ¡No jodas! ¡Como el de la peli esa de los nuestros…!— Clown chasquea los dedos— ¡La Naranja Mecánica!— Y comienza a reírse de la manera que el coronel odia a muerte. Se imagina por un instante, saltando de la silla, mientras saca su enorme cuchillo y se lo clava al payaso por debajo de la barbilla. Los clientes que están sentados alrededor de las otras mesas les miran de manera desaprobada. Clown se calla de repente y se lleva el dedo índice de su mano derecha a los labios sonrientes, como si fuera un niño pequeño que sabe que ha hecho una travesura.— Perdón. Pero es que me encanta esa película.

— ¿No le recuerdas?— Le pregunta el coronel.

— No. El caso es que su cara me es familiar. Será por la barba. Me recuerda a Papá Noel de joven. Es broma, es broma.—Se disculpa de nuevo con esa sonrisa de loco asesino. Alex no puede evitar sonreír.

— Usted me liberó del centro psiquiátrico de Loranca, junto a otros como yo. Después nos abandonó a nuestra suerte…

—Pero, a que te lo pasaste genial cortando cuellos. Además no os abandoné, os liebré, para que mostrarais al mundo todo vuestro talento, desaprovechado en esas inmundas celdas. Recuerda que os di trajes de halloween para que no os cogieran…— Clown se queda un momento pensativo—Ya te recuerdo. Tú fuiste el que se dedicó a dar patadas a una persona hasta que lo reventaste, mientras entonabas el “Cantando bajo la lluvia”. Ves, siempre me acuerdo de un buen trabajo.— Alex volvió a sonreír. Le cae bien aunque sea un capullo…peligroso.

— Sí, pero el que me contrató fue el coronel, no usted. — Responde Alex DeLarge. El coronel observa curioso la conversación. Clown tiene un don y es que sabe conquistar a la gente con sus payasadas.

— Pelillos a la mar hombre. Además deja lo de usted para el coronel.— Clown le guiña un ojo al coronel.

— Bueno, hechas las presentaciones vamos a lo que nos concierne caballeros— Corta el coronel.

— ¿Ves lo de que dejes lo de usted para el coronel?— Le dice en voz baja Clown al nuevo psicópata de la banda.

— ¿Puedo seguir?— Pregunta el coronel. Clown hace un gesto de cesión con las manos— Bien. Este sábado va a ser la mayor de todas las que hemos hecho. Vamos a estar toda la noche de fiesta hasta la madrugada. Tengo todo preparado para el espectacular comienzo y la seguida caza. — Un anciano, sentado frente a un cortado descafeinado, está sentado cerca disfrutando de un día más de su merecida jubilación, observando la vida cotidiana del pueblo. Siempre ha visto venir forasteros al pueblo y sentarse en la terraza del bar, sobre todo ciclistas, que tras una dura sesión de pedaleo, vienen a reponer fuerzas con una cerveza fresca. Pero esos tres tienen algo en la mirada que no le gusta. Hace mucho tiempo, vio esos ojos en algunos soldados durante la guerra. La mirada de la muerte.— Los refugiados llegarán por la noche, así que id dando instrucciones a vuestras bandas sobre la cacería. Vamos a ir a por todas desde el principio, sin piedad. A todo bicho viviente que veáis, lo cogéis. Si se resiste, acabáis con él. — El coronel comienza a sentir un leve dolor de cabeza, aviso de que se tiene que tomar la pastilla del ESFACO. Cada que se excita, las ganas de matar comienzan a aflorar, pero con el riesgo de colapsarse su cerebro. No le gusta que le vean tomar la pastilla. Es un síntoma de debilidad.— Disculpadme, tengo que ir al baño. Mucha cerveza.— Se levanta para ir al baño, mientras las gotas de sudor afloran en la frente. El viejo le sigue con la mirada. Clown se arrima a Alex:

— Va a tomarse la pastillita.— Le dice confidencialmente Clown.

— Ya lo sé. Me contó que usted creó el ESFACO-1, pero que la culpa de que él y sus hombres estén en esa situación, fuero otros y que se ocupó de ellos —  Le cuenta Alex.

— Si llego a saberlo no la invento. Me jode un montón. ¿Te imaginas hacer esto sin el coronel? Toooooooooda la caza para ti y para mí. Immpresionante. Shhhh que viene.— Dice Clown mientras sonríe. El coronel vuelve a sentarse y echa un trago largo a la cerveza, tras recuperar la compostura en el baño.

— ¿Por dónde íbamos…? Ah sí. La caza. Mañana os pasaré un informe codificado de lo que vamos a hacer. El pueblo será cerrado con ayuda de hombres de la Hermandad Negra. Nadie saldrá y nadie entrará…

— Disculpen señores— Interrumpe el anciano con toda su amabilidad. Está de pie ante los tres dementes asesinos, sujeto con un bastón con una bola de cristal a modo de agarramanos. — No he podido evitar escuchar algunas palabras de su conversación, y siento decirles que ahora no es tiempo de caza. Los furtivos son aquí muy mal vistos. Aquí hay un hermoso paraje natural, llenos de pájaros protegidos. Así que espero no verles por ahí por la noche o tendré que avisar a La Guardia Civil.— Los tres se miraron. Primero, sorprendidos, después se echaron a reír.