cuarta parte - password

Password, 4ª parte de La Purga 5

Frank mira a un lado y otro de la calle, antes de entrar en un locutorio del barrio Lucero de Madrid. Se acerca a un hombre sentado tras el viejo mostrador de madera en sapelly plastificado, con un portátil encima y una bandera de cuba en la pared, enfrascado en una conversación con alguien a través de un móvil. El local cuenta con ocho ordenadores, al cual más desfasado, pero para mirar el contenido del pendrive que el comisario Alameda le ha dado, le sobra. El periodista sabe que la conexión de internet del local es segura. El sitio está vacío, pero Frank pregunta:

— Disculpe. Buenos días. ¿Qué ordenador puedo usar?

— El que quiera amigo.— Le contesta con acento cubano el joven. Cuando el joven levanta la vista, Frank ya se dirige al ordenador más alejado del mostrador. El joven cubano se le queda mirando como si lo conociera de algo. Frank busca en la torre del ordenador, una conexión USB para introducir la pequeña memoria portátil. En la parte de atrás de la torre ve un par de conexiones libres. Introduce el pendrive. El sistema operativo lo ha captado. Busca la pestaña “Equipo”. Cliquea dos veces. Ve abre una ventana en la pantalla y aparece los distintos dispositivos instalados en el ordenador. Busca el icono que representa el pendrive. “Aquí está” piensa Frank. Cliquea otras dos veces. Pasa unos segundos hasta que se abre una ventanita con una maldita palabra: “Password”. — ¡Mierda! ¡Me cago en…!— Se le escapa al periodista. “¿Cómo no me ha dicho Pedro que tenía una clave?” piensa.  Sabe que no puede llamarle. Su teléfono está intervenido.  Se gira hacia el hombre del mostrador.— Perdón, perdón. Es que tengo un problema con esto. No me acuerdo de la clave… y la información que contiene es muy importante. — Se disculpa Frank.

—Usted es Frank Wolf ¿Verdad?— Le dice el dependiente con su acento cubano. Mil alarmas se encienden en la mente del reportero. Va a coger el pendrive y a salir corriendo de allí. El dependiente al ver la cara de sorpresa y susto del periodista, le hace un gesto tranquilizador— No se preocupe, no voy a hacer nada. Tranquilícese. Es que soy muy aficionado al tema de las conspiraciones internacionales y he leído todos sus artículos que ha publicado en la red. Como ve, tengo mucho tiempo para leer— Le sonríe el dependiente.— “no son conspiraciones internacionales, son vedad y están demostradas” Piensa decir Frank. Pero no es el lugar ni el momento de abrir un debate.—Me llamo Arturo y soy un seguidor de sus artículos, desde el comienzo de la pandemia en Numancia de la Sagra, hasta lo que sucedió en Loranca. Su artículo sobre La Hermandad Negra me dio mucho que pensar y La Escuadra Demencial… ¡Uauh!  ¿De verdad que existe? Me he inscrito a su periódico— Le dice el dependiente mientras le guiña un ojo. Frank se tranquiliza. Pero vuelve a la mente el tema de la clave de la memoria USB:

— Perdóneme Arturo, pero es que estoy muy ocupado con un nuevo artículo. Se me ha estropeado el portátil y ahora resulta que no me acuerdo de la clave del Pendrive donde tengo guardado el artículo.— Le explica el periodista.

— ¿Y viene hasta aquí desde Móstoles a abrir el pen, mi hermano?— Le dice con un poco de ironía Arturo. “¿Cómo sabe…?” piensa Frank. Pero antes de marcharse definitivamente de allí, el dependiente le contesta de nuevo.— Facebook.

— Tendré que revisar mi perfil. No vaya a ser que lo lean los malos— Bromea Frank.—¿Qué le debo?—. El dependiente del locutorio, no quiere que se vaya. El aburrimiento es, últimamente, su mejor cliente y no todos los días recibe la visita de un periodista conocido.

— Puedo ayudarle a abrir el lápiz de memoria.—Le propone Arturo, mirando de un lado a otro, comprobando que no hay ningún espía escuchando. Frank no puede evitar sonreír. Ahora está en manos de un desconocido, aunque algo le dice que puede confiar en él.

— De acuerdo. No me queda otra. Adelante.—Frank le invita a sentarse en el ordenador. Arturo se acerca y saca el lápiz de memoria de Frank, del ordenador y lo lleva hasta su mostrador de donde lo introduce en el portátil que hay sobre él. Teclea rápidamente. Se nota que es un hacker. Le da a la tecla de “Intro”.

— Dos minutos brother.— Le sonríe. Arturo se siente muy orgulloso de poder ayudar a alguien que admira. Le gustaría preguntarle en qué investigación está metido ahora. Pero en el fondo es un tímido.— Abierto.— Y se levanta para marcharse al mostrador. Frank queda gratamente sorprendido:

— La próxima vez que tenga un problema informático, ya sé a quién recurrir.— Le dice mientras se sienta delante de la pantalla del ordenador. Arturo, satisfecho por el cumplido, vuelve a trastear en su teléfono móvil. Frank comienza a leer el contenido del fichero. Son los planes de otra matanza. “Estos locos van a hacer otra de sus fiestas en…” Recuerda en ese momento, que las coordenadas que le mandaron señalaba un pueblo de Madrid, que es el mismo que aparece en el fichero: Titulcia. “El degenerado del coronel y su amigo Clown piensan hacer otra de sus cacerías. Pero esta vez a lo grande. En un pueblo. Y mi hija está allí. Tengo que recuperarla” seguía pensando. Cuando terminó de leer todo, sacó el pendrive y cerró el portátil. La cara del periodista mostraba preocupación. El dependiente cubano dejó de teclear en su móvil al ver la expresión del rostro. Frank sacó la cartera de una riñonera que siempre llevaba con él:

— Dime qué te debo Arturo.

— Nada brother. Todo lo contrario. Estoy escribiendo a mis colegas que estás aquí…

— ¡Noooo! ¡Mierda!— Le dice preocupado el periodista.— Esa gente tiene ordenadores y gente vigilando la red, donde les sale un aviso cuando se me menciona en cualquier sitio. Ahora sabrán que he estado aquí y vendrán a investigar. Y esos no se andan con chiquitas. Borra cualquier rastro que haya dejado el fichero en el ordenador y márchate. Probablemente encuentren el modo de ver lo que he consultado y entonces, eliminarán todo indicio de ese fichero…incluido tú.— Arturo se ha asustado. Él que pensaba iba a ser un día más en compañía del aburrimiento, ahora se ha convertido en una pesadilla.

— ¿Y qué hago ambia? Voy a perder mi pincha si me voy. Me cago en la mierda.— dice preocupado Arturo.

— Tu vida o tu trabajo Arturo. Elije.—  Le dice Frank. El cubano cerró el portátil, apaga los ordenadores y las luces desde cuadro de luces, que estaba detrás de él. Frank sale del local y comienza a vigilar la calle hasta que Arturo cierra el local. El periodista se siente responsable de haber metido al podre dependiente en un lío mortal. Vuelve a sacar la cartera y extrae una tarjeta.— Aquí tienes mi número de móvil y el de mi periódico. Llama al de mi trabajo. Pregunta por Luis. Es mi jefe. Cuéntale todo lo que ha pasado. Te ayudará. Y no uses tu móvil. Seguro que ahora está intervenido. Muchas gracias por todo Arturo.

— No ha sido nada brother.  Ha sido un gustazo ayudarte. Estaba planteándome volver a mi país. Estoy arto de remar y no picar. Muchos paisanos han vuelto a La Habana. Ahora ya lo tengo que hacer a la cañona. — Frank no termina de entender lo que dice Arturo.— Espero que recuperes a tu hija.

— Eso espero. Ten cuidado. Cuando estés en tu tierra, por favor, mándame un mensaje.—Arturo asiente con la cabeza y se marcha hacia la boca de metro más próxima. Frank se va en sentido contrario. Hacia la calle principal que cruza con la del locutorio. Allí tiene aparcado su coche. Justo cuando llega a la esquina, ve dos grandes todoterreno negros pasar a su lado velozmente. Cuando llegan a la puerta del local, frenan en seco. Frank observa a escondidas. Las puertas de los grandes vehículos se abren apresuradamente, saliendo unos fornidos tipos trajeados. Intentan abrir la puerta, pero está cerrada. Uno de ellos coloca la mano a modo de visera para mirar a través del cristal del escaparate. Cuando se da cuenta de que no hay nadie, hace una llamada al móvil. Pasan muy pocos segundos cuando aprieta el botón de la pantalla y vuelve a guardar el teléfono en su chaqueta. Habla algo a los demás que están vigilando la calle. Frank Está lejos y no puede oír lo que dice. Pero se lo imagina. Todos, casi a la vez, montan en los enormes coches negros, y desaparecen al doblar la esquina de una calle. “Por los pelos “piensa el periodista, mientras se pone, de nuevo, en marcha.

Continuará.